miércoles, 5 de febrero de 2020

"FRIDA" de Yolanda Reyes. Lectura para 6°

De regreso al estudio. Otra vez, primer día de colegio. Faltan tres meses, veinte días y cinco horas para las próximas vacaciones. El profesor no preparó clase. Parece que el nuevo curso lo toma de sorpresa. Para salir del paso, ordena con una voz aprendida de memoria:

–Saquen el cuaderno y escriban con esfero azul y buena letra, una composición sobre las vacaciones. Mínimo una página por lado y lado, sin saltar renglón. Ojo con la ortografía, y la puntuación. Tienen cuarenta y cinco minutos. ¿Hay preguntas?

Nadie tiene preguntas. Ni respuestas. Sólo una mano que no obedece órdenes porque viene de vacaciones. Y un cuaderno rayado de cien páginas, que hoy se estrena con el viejo tema de todos los años: “¿Qué hice en mis vacaciones?”

“En mis vacaciones conocí a una sueca. Se llama Frida y vino desde muy lejos a visitar a sus abuelos colombianos. Tiene el pelo más largo, más liso y más blanco que he conocido. Las cejas y las pestañas también son blancas. Los ojos son de color cielo y, cuando se ríe, se le arruga la nariz. Es un poco más alta que yo, y eso que es un año menor. Es lindísima.

Para venir desde Estocolmo, capital de Suecia, hasta Cartagena, ciudad de Colombia, tuvo que atravesar prácticamente la mitad del mundo. Pasó tres días cambiando de aviones y de horarios. Me contó que en un avión le sirvieron el desayuno a la hora del almuerzo y el almuerzo a la hora de la comida y que luego apagaron las luces del avión para hacer dormir a los pasajeros, porque en el cielo del país por donde volaban era de noche.

Así, de tan lejos, es ella y yo no puedo dejar de pensarla un solo minuto. Cierro los ojos para repasar todos los momentos de estas vacaciones, para volver a pasar la película de Frida por mi cabeza.

Cuando me concentro bien, puedo oír su voz y sus palabras enredando el español. Yo le enseñé a decir camarón con chipichipi, chévere, zapote y otras cosas que no puedo repetir. Ella me enseñó a besar. Fuimos al muelle y me preguntó si había besado a alguien, como en las películas. Yo le dije que sí, para no quedar como un inmaduro, pero no tenía ni idea y las piernas me temblaban y me puse del color de este papel.

Ella tomó la iniciativa. Me besó. No fue tan fácil como yo creía. Además fue tan rápido que no tuve tiempo de pensar “qué hago”, como pasa en el cine, con esos besos larguísimos. Pero fue suficiente para no olvidarla nunca. Nunca jamás, así me pasen muchas cosas de ahora en adelante.

Casi no pudimos estar solos Frida y yo. Siempre estaban mis primas por ahí, con sus risitas y sus secretos, molestando a “los novios”. Sólo el último día, para la despedida, nos dejaron en paz. Tuvimos tiempo de comer raspados y de caminar a la orilla del mar, tomados de la mano y sin decir ni una palabra, para que la voz no nos temblara.

Un negrito pasó por la playa vendiendo anillos de carey y compramos uno para cada uno. Alcanzamos a hacer un trato: no quitarnos los anillos hasta el día en que volvamos a encontrarnos. Después aparecieron otra vez las primas y ya no se volvieron a ir. Nos tocó decirnos adiós, como si apenas fuéramos conocidos, para no ir a llorar ahí, delante de todo el mundo.

Ahora está muy lejos. En “esto es el colmo de lo lejos”, ¡en Suecia! y yo ni siquiera puedo imaginarla allá porque no conozco ni su cuarto, ni su casa, ni su horario. Seguro está dormida mientras yo escribo aquí, esta composición.

Para mí la vida se divide en dos: antes y después de Frida. No sé cómo pude vivir estos once años de mi vida sin ella. No sé cómo hacer para vivir de ahora en adelante. No existe nadie mejor para mí. Paso revista, una por una, a todas las niñas de mi clase (¿las habrá besado alguien?).

Anoche me dormí llorando y debí llorar en sueños porque la almohada amaneció mojada. “Esto de enamorarse es muy duro…”.

Levanto la cabeza del cuaderno y me encuentro con los ojos del profesor clavados en los míos.

– A ver, Santiago. Léanos en voz alta lo que escribió tan concentrado.

Y yo empiezo a leer, con una voz automática, la misma composición de todos los años:

“En mis vacaciones no hice nada especial. No salí a ninguna parte, me quedé en la casa, ordené el cuarto, jugué fútbol, leí muchos libros, monté en bicicleta, etcétera, etcétera”.

El profesor me mira con una mirada lejana, incrédula, distraída. ¿Será que él también se enamoró en estas vacaciones?

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Yolanda Reyes

Nació en Bucaramanga en 1959. Hizo estudios en educación con especialización en filología y Literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá y especialización en lengua y literatura española en el Instituto de Cooperación Iberoamericana de Madrid. En 1986, participó en la iniciación del proyecto de la Fundación Rafael Pombo como coordinadora de la Biblioteca Infantil, desarrollando talleres de animación a la lectura para niños y profesores. Profesora universitaria en las áreas de literatura y lectoescritura. Es una de las fundadoras de Espantapájaros, taller donde desarrolla un trabajo especializado en formación literaria con los niños más pequeños. Ha escrito en diferentes revistas especializadas en el tema de la literatura y el libro infantiles como |Hojas de Lectura, publicada por Fundalectura,|Revista latinoamericana de literatura infantil y juvenil, publicación de los IBBY de América Latina y |El libro en América Latina y el Caribe, del Cerlalc. Es coautora de |El libro de los días, agenda para el colegio y las vacaciones, junto con Clarisa y Pedro Ruiz. Ha escrito libros de texto en el área de español y literatura. En cuanto al trabajo de animación a la lectura para adultos, ha publicado |La aventura de leer, uno de los módulos sobre lectura del proyecto Cerlalc-ICBF, con madres comunitarias. Recibió Mención de Honor en el Concurso Internacional de Cuentos Raimundo Susaeta, 1993, y en el Concurso Nacional de Literatura Infantil de Comfamiliar del Atlántico, 1993. En 1994, ganó el Premio de Literatura Infantil “Noveles Talentos” de Fundalectura con su libro |El terror de sexto B y otras historias de colegio, publicado por Editorial Santillana, 1995.

martes, 4 de febrero de 2020

TEXTO DE AVENTURA PARA 7°


Las Aventuras de Robinson Crusoe Por Daniel Defoe
Capítulo I Obsesión marinera

 Nací el 1632, en la ciudad de York, donde mi padre se había retirado después de acumular una no despreciable fortuna en el comercio. Mi nombre original es Róbinson Kreutznaer, pero debido a la costumbre inglesa de desfigurar los apellidos extranjeros quedó convertido en Crusoe, forma que ahora empleamos toda la familia.

 Tenía yo dos hermanos mayores. Uno de ellos, que era militar, fue muerto en la batalla de Dunquerque, librada contra los españoles. En cuanto al segundo, no sé la suerte que haya corrido. Como yo no tenía profesión alguna, mi padre, que aunque de edad avanzada me había educado lo mejor que pudo, pretendía que estudiara leyes. Pero mis inclinaciones eran distintas. Dominábame el deseo de hacerme marino y de correr por los mares las más diversas aventuras.

 Esto iba contra la voluntad de mi padre, que me había amonestado repetidas veces, así como contra los cariñosos consejos y súplicas de mi madre. Pero todo hacía parecer que un secreto destino me arrastraba hacia una vida llena de peligros. Un día en que mi madre parecía estar más contenta que de costumbre, le volví a plantear el problema de mi pasión por ver mundo, rogándole que tratara de persuadir a mi padre a fin de que me diera el permiso para realizar un viaje por mar. Le dije que más le valdría concederme el permiso que obligarme a tomármelo por mi propia cuenta, prometiéndole, en caso de desistir después de dicha vida errante, recuperar el tiempo que hubiera perdido redoblando mis esfuerzos. A todo esto, mi madre se apenó mucho, como es de suponerse, manifestándome que sería trabajo inútil tratar el asunto con mi padre.

 Luego me advirtió que, si insistía en tales desatinos, no veía ella ningún remedio, pero que sería vano tratar de alcanzar el consentimiento paterno ni el suyo, puesto que no estaba dispuesta a contribuir a mi desgracia. Pese a ello, luego supe que le había contado a mi padre todo cuanto le hablé, y que éste le confesó la poca fe que tenía en los esfuerzos de ambos por disuadirme, añadiendo que yo acabaría por imponer mi voluntad. Y así sucedió un año más tarde. Cierto día, hallándome en Hull, encontré a un compañero que estaba a punto de partir para Londres en un barco de su padre. Me invitó a acompañarlo, diciéndome para animarme que no me costaría nada el pasaje. En esta forma, y sin siquiera haber pedido la bendición paterna ni implorado la protección del cielo, me embarqué en aquel navío que llevaba carga para Londres.

 Fue el primero de septiembre de 1651, el día más fatal de mi vida. Dudo de que jamás haya existido un joven aventurero cuyos infortunios empezasen más pronto y durasen tanto tiempo como los míos. Apenas la embarcación hubo salido del río Humber, cuando se desencadenó un fuerte viento y el mar se agitó sobremanera. Como era la primera vez que navegaba, el malestar y el pánico se apoderaron de mi cuerpo y mi espíritu, sumiéndome en una angustia muy difícil de expresar. En esos momentos empecé a reflexionar sobre la justicia de Dios, que castigaba a quien había desoído el mandato de sus padres, insensible a los ruegos y a las lágrimas maternas. La voz de mi conciencia, que aún no estaba endurecida como lo estuvo luego, me acusaba vivamente por haberme apartado de mis deberes más sagrados.

 La tempestad arreciaba a cada momento y las olas se revolvían enfurecidas, y aunque aquello fuese poco en comparación con lo que me estaba reservado ver más adelante, y sobre todo pocos días después, era ya lo suficiente para impresionar a un marino en ciernes como yo. Por momentos esperaba ser tragado por las aguas, y cada vez que el barco cabeceaba creía tocar el fondo del mar para no salir más de él. En aquel trance de angustia hice varias veces el voto de renunciar a semejantes aventuras si es que lograba salvarme, para en lo sucesivo acogerme a los prudentes y sabios consejos paternos. Dicha resolución duró, sin embargo, muy poco tiempo.

Al día siguiente, en cuanto el viento hubo amainado y el mar se aquietó, empecé a serenarme, aunque me sentía fatigado por el mareo. Al atardecer el viento había cesado por completo y el ambiente se había despejado para dar paso a una noche tranquila. Al mismo tiempo empezaban a borrarse de mi mente los buenos propósitos que horas antes había formulado. Aquella noche dormí muy bien, de suerte que, lejos de sentirme molesto por el mareo, me encontré animado y fuerte.

 Contemplaba admirado el mar que la víspera se había ofrecido tan terrible y bravo y que tan sereno y tranquilo se mostraba en aquel instante. Me hallaba embebido en tales ideas cuando mi compañero, el joven que me había embarcado en semejante aventura, temiendo que persistiera en mis propósitos de enmienda, se aproximó y, dándome un golpecito en las espaldas, me dijo:

 —Apostaría cualquier cosa a que anoche tuviste miedo, y eso que no fue sino una pequeña ráfaga de viento. —¡Cómo! —exclamé—. ¿Llamas una pequeña ráfaga de viento a lo que fue un temporal terrible? —¿Un temporal? —me contestó—.

¡Eres un inocente! ¡Si no ha sido nada! Además, nosotros nos reímos del viento cuando tenemos un buen barco. ¿Ves ahora qué hermoso tiempo hace? Vamos a preparar un ponche... Para abreviar este triste pasaje de mi historia, sólo diré que seguimos las viejas costumbres marinas: se hizo el ponche, me emborraché, y en aquella noche de libertinaje quebranté todos mis votos, olvidé todos mis arrepentimientos acerca de mi conducta pasada y todas mis resoluciones para el futuro. Cierto es que tuve algunos momentos de lucidez y que volvían a mi mente los buenos pensamientos; pero yo los rechazaba, dedicándome a beber y cuidando de estar siempre acompañado a fin de evitarlos.

 En esta forma, a los cinco o seis días logré sobre mi conciencia un triunfo tan completo como pudiera ambicionarlo un joven que busca ahogar sus desasosiegos. Al sexto día de navegación fondeamos en la rada de Yarmouth. Teniendo viento contrario, adelantamos poco después de la tempestad, viéndonos precisados a echar el ancla en dicho sitio y permanecer en él, pues el viento siguió soplando del sudoeste siete u ocho días consecutivos, durante los cuales muchos barcos de Newcastle se refugiaron en la misma rada.
 Con todo, no habríamos dejado transcurrir tanto tiempo sin llegar a la embocadura del río si no hubiera sido tan fuerte el viento. Al octavo día, llegada la mañana, arreció aún más éste y se llamó a toda la tripulación para una maniobra de urgencia. Habiéndose puesto muy gruesa la mar, el castillo de proa se hundía a cada momento y las olas inundaban el barco. El temporal era terrible y yo veía el asombro y el pánico dibujados en los rostros de los marineros. Pese a que el capitán era un hombre que no se arredraba fácilmente ante el peligro, le oí exclamar en voz baja estas palabras:

 —¡Dios mío, apiádate de nosotros! ¡Estamos perdidos! Entretanto, yo me había tendido, inmóvil y helado de espanto, en mi camarote junto al timón, no pudiendo decir cuál era el estado de mi ánimo.

 La vergüenza me atormentaba al acordarme de mi primer arrepentimiento que tan luego había olvidado por un increíble endurecimiento de mi corazón. Al salir del camarote para ver lo que sucedía fuera, presencié el espectáculo más terrible que jamás hubiera visto: las olas, que se alzaban como montañas, rompían a cada momento contra nosotros. Por todas partes sólo se veía desolación. Por cerca de nosotros pasaron enormes buques sumamente cargados, que arrastraban sus mástiles rotos. Nuestros tripulantes afirmaban que acababa de irse a pique un barco que se encontraba a no más de una milla de nosotros.

 Otras embarcaciones iban a la deriva, arrancadas de sus anclas por la furia de las olas y arrastradas a alta mar. A la caída de la tarde, el piloto y el contramaestre pidieron autorización al capitán para cortar el palo trinquete, a lo que accedió. Una vez cortado aquél, agitábase tan violentamente el palo mayor, que hubo necesidad de deshacerse también de éste, con lo que la cubierta quedó completamente llana. La tempestad no cedía y nuestro barco, aunque bueno, iba tan hundido debido a la sobrecarga, que nos hacía pensar que pronto se iría a pique. Para colmo de males, a eso de la medianoche un hombre que había bajado, por orden del capitán, al fondo de la bodega para inspeccionarla, dijo que en ésta había un boquete por el que hacía agua. La sola llamada que hicieron a todos para que acudieran a la bomba me produjo tal impresión que caí de espaldas en mi cama. Mas los tripulantes vinieron a sacarme de mi desmayo, diciéndome que si hasta entonces no había servido yo para nada, en aquel momento era tan eficaz como cualquier otro para manipular la bomba.

Me incorporé y, encaminándome a ésta, trabajé vigorosamente. Entretanto pasaban estas cosas, el capitán ordenó disparar un cañonazo en señal del extremo peligro en que nos encontrábamos. Pero yo, que ignoraba lo que aquello significaba, quedé muy sorprendido y pensé que se había destrozado el barco. Me desmayé en el acto, tardando bastante tiempo en volver en mí.

 La bomba seguía trabajando, pero el agua continuaba anegando la bodega y, por más que la tempestad había empezado a disminuir, todo nos hacía pensar en que el buque iba a zozobrar. Como ya no era posible pretender alcanzar algún puerto, se siguieron disparando cañonazos en señal de socorro. Un barco pequeño, que a la sazón pasaba a nuestro lado, nos lanzó un bote en el cual, y no sin muchas dificultades y riesgos, pudimos entrar. No habían pasado quince minutos que habíamos abandonado el barco cuando lo vimos zozobrar. Confieso que cuando los tripulantes me dijeron que se iba a pique, casi ya no podía distinguir los objetos, pues desde el momento en que entré en el bote estaba como petrificado, no tanto por el miedo cuanto por mis propios pensamientos, que me anticipaban todos los horrores del futuro. Momentos después, y cuando el bote se elevaba por encima de las enormes olas, distinguimos a lo largo de la orilla una gran cantidad de gente que acudía a auxiliarnos.

 Nuestros tripulantes remaban con denuedo, pero apenas lográbamos avanzar hacia la costa. Por otra parte, mientras no consiguiéramos pasar el faro de Winterton no podríamos llegar a tierra, pues más allá la costa, por la parte de Cromer, replegándose hacia el Oeste, nos ponía al abrigo de la violencia del viento. En dicho lugar, y no sin grandes esfuerzos, pusimos por fin y felizmente pie en tierra. Desde allí fuimos caminando a Yarmouth, donde se nos trató con gran consideración, tanto por parte de las autoridades, que nos facilitaron buenos alojamientos, cuanto por la de los comerciantes y armadores, que nos dieron suficiente dinero para llegar a Londres o para regresar a Hull, según nos conviniera.

En dicha oportunidad debí tener la prudencia de elegir el camino de Hull para volver a la casa paterna. Pero, como contaba con el dinero suficiente para ello, decidí ir primero a Londres por tierra. Tanto en esta ciudad como durante el trayecto, tuve largos debates conmigo mismo acerca del modo de vida que debía seguir. Se trataba de resolver si había de regresar a casa o si habría de embarcarme nuevamente. 
A medida que pasaba el tiempo se iba borrando de mi memoria el recuerdo de la última desgracia, continuando en cambio la invencible repugnancia que sentía hacia la idea del regreso al hogar. 

Imaginábame que todo el vecindario me señalaría con el dedo y que tanto ante mis padres cuanto ante los demás habría de sentirme avergonzado. En esta forma el amor propio pudo más que la razón y decidí embarcarme nuevamente en algún buque que zarpara hacia las costas del África, o, según el lenguaje corriente de los marineros, hacia Guinea.

Capítulo II Un esclavo tras su libertad
Cuando llegué a Londres tuve la suerte de caer en muy buenas manos, cosa nada corriente en un joven tan precipitado y aturdido como yo era. La primera persona que conocí fue un capitán de barco que acababa de llegar de Guinea, después de un viaje que le había dado buenos resultados, razón por la cual tenía resuelto regresar nuevamente. Le agradó mucho mi conversación y, habiéndome oído decir que sentía vivos deseos por conocer mundo, me ofreció que me embarcara con él, adelantándome que ello no me significaría el menor gasto y que, si deseaba llevar algunos objetos conmigo, gozaría de todas las ventajas que puede brindar el comercio.

 Habiéndole aceptado su ofrecimiento al capitán, que era un hombre honrado y sincero, invertí en dicha empresa la suma de cuarenta libras esterlinas, que gasté en quincallería, siguiendo su consejo. Dicho dinero logré reunirlo con la ayuda de algunos parientes que, según tengo entendido, habían persuadido a mis padres a que secretamente contribuyeran a mi primera aventura. Debo decir que, de todos mis viajes, aquél fue el único que me produjo verdaderas ventajas, debiéndoselo sin duda alguna a la buena fe y generosidad del capitán. Entre éstas obtuve el haber aprendido regularmente las matemáticas y las reglas de la navegación, a calcular con exactitud el recorrido de un barco, a orientar debidamente el velamen, y, en general, todo aquello que no puede ignorar un marino.

Esto, sin considerar el aspecto comercial, ya que traje por mi cuenta cinco libras y nueve onzas de oro en polvo, lo que en Londres convertí en unas trescientas libras esterlinas. Pero dicho éxito, al alentarme vastos proyectos inmediatos, causó a la postre mi total ruina. A los pocos días de nuestra llegada a Londres murió mi buen amigo el capitán del barco. Pese a ello, resolví repetir el viaje, dejando depositadas en manos de su viuda doscientas libras esterlinas y llevando las cien restantes convertidas en quincallería. En esta forma volví a hacerme a la mar en el mismo barco, con un hombre que en el anterior viaje había sido piloto y ahora lo gobernaba. El viaje fue de lo más desdichado. Cuando nos encontrábamos entre el archipiélago de las Canarias y las costas de África, fuimos sorprendidos por un corsario turco de Salé, que venía dándonos caza a toda vela. Por nuestra parte, dimos al viento todas las nuestras tratando de escapar, pero, al ver que no dejaría de alcanzarnos en algunas horas, nos aprestamos para el combate.

 El barco corsario llevaba a bordo dieciocho cañones, mientras que el nuestro sólo contaba con doce. En el primer ataque, el corsario sufrió una equivocación, pues, en vez de atacarnos por la popa, como era su intención, descargó su andanada sobre uno de nuestros costados, y entonces nosotros se la devolvimos con ocho de nuestros cañones. En esta forma lo hicimos retroceder, pero antes nos lanzó una segunda andanada y descargó su mosquetería, que estaba manejada por doscientos tiradores. Nuestros hombres, aun con esto, se mantuvieron firmes y no tuvimos heridos.

 El corsario renovó el combate, pero ahora llegando por el otro lado al abordaje. Saltaron a nuestra cubierta unos sesenta de los suyos, que empezaron a cortar mástiles y jarcias, mientras que nosotros los recibimos con mosquetes y granadas. Dos veces los rechazamos de nuestra cubierta, pero, finalmente, y habiendo quedado desmantelado el barco y muertos tres de nuestros hombres y otros ocho heridos, nos vimos obligados a rendirnos y fuimos llevados prisioneros a Salé, puerto que pertenece a los moros.

 El trato que recibí en dicho lugar no fue tan terrible como lo esperaba. El capitán del corsario, viéndome joven y ágil, se quedó conmigo como su participación en el botín, evitando así el que fuera llevado con los demás al lugar de la residencia del emperador. Sin embargo, dicha situación, que de hombre libre me transformaba en esclavo, me angustió sobremanera. Las palabras proféticas de mi padre, cuando me dijo que llegaría a ser un miserable y que no tendría a nadie que me socorriera en la desgracia, acudieron a mi memoria. Con todo, aquello no sería sino una muestra de las mayores calamidades que habrían de sucederme todavía.

Mi nuevo amo me llevó a su casa, en la que desempeñaba los oficios ordinarios de un doméstico. Sin embargo, y como había dispuesto que me acostase en su camarote para cuidar el barco, no hacía sino forjar planes para evadirme de la esclavitud. Pasaron así dos largos años sin que se me presentara la menor oportunidad de ejecutar mis fantásticos proyectos. Las únicas veces que conseguía navegar con la chalupa era para hacerle compañía cuando salía a entretenerse pescando en la rada. En dichas oportunidades me llevaba consigo, así como también a un joven esclavo moro, a fin de que remáramos y lo ayudáramos en la pesca, faena en la que yo era bastante hábil. Él se mostraba tan contento que, algunas veces, me enviaba a pescar con un pariente suyo llamado Muley y con el joven esclavo, a condición de que le pasáramos de nuestra pesca una porción para su comida. Un día resolvió salir en la chalupa a pescar y divertirse con tres moros de familias distinguidas, para lo que había ordenado provisiones especiales que fueron embarcadas la víspera.

 A mí me encargó que tuviera listas las tres escopetas con pólvora y municiones, pues también quería recrearse con la caza de algunas aves. A la mañana siguiente me encontraba yo en la chalupa con todas las cosas arregladas para recibir dignamente a sus huéspedes, cuando vi venir a mi patrón completamente solo, pues sus invitados habían diferido la partida a causa de sus ocupaciones. Sin embargo, me dijo que saliese a pescar con la chalupa, acompañado, como de costumbre, por el hombre y el joven aludidos, pues esa noche tenía que cenar con sus amigos y precisaba provisiones. Inmediatamente renació en mí el deseo de libertarme de la esclavitud y, pensando que en pocos momentos más tendría a mi disposición un pequeño barco, empecé a prepararme, ya no para la pesca, sino para recuperar mi libertad, aunque ignorante del rumbo que debería luego seguir.

 A tal fin hice llevar a la chalupa cuantos alimentos y herramientas podrían serme útiles, tendiéndole finalmente al moro un lazo en el cual cayó. —Muley —le dije—, nosotros tenemos las escopetas de nuestro amo; ¿no podríamos traer pólvora y municiones para cazar por nuestra cuenta algunas aves marinas? —Sí —respondió—, voy a buscarlas.

 Una vez que Muley regresó y estuvimos provistos de todo lo necesario, salimos del puerto sin que los guardias del castillo hicieran caso alguno de nosotros, puesto que nos conocían. El viento soplaba del norte, lo que era contrario a mis deseos, ya que con el del sur hubiera alcanzado las costas españolas o, por lo menos, entrado en la bahía de Cádiz. Pero, resuelto como yo estaba a libertarme de aquella indigna servidumbre, todo lo demás me traía sin cuidado. Largo rato estuvimos pescando sin resultado alguno, por que, cuando sentía que algún pez picaba, no tiraba del anzuelo por temor de que lo viese el moro.

 Finalmente, le dije: —Aquí no conseguimos nada y, como nuestro amo desea estar bien servido, es preciso que nos alejemos más. Como Muley no tenía ninguna malicia, estuvo de acuerdo y, dirigiéndose a proa, largó las velas. Yo, desde el timón, conduje la chalupa cerca de una milla más allá, después de lo cual arrié las velas para simular que pescaba. Luego, dejando el timón al muchacho, me aproximé al moro, que seguía en la proa, y, fingiendo agacharme para recoger alguna cosa que se hallara detrás de él, lo levanté de ambas piernas arrojándolo al mar. No tardó el moro en volver a la superficie, pues nadaba muy bien; me llamó y suplicó para que le dejase subir a bordo, prometiéndome que me seguiría hasta el fin del mundo. Nadaba con tanto vigor y el viento soplaba tan débilmente, que muy pronto iba a alcanzarnos. Entonces tomé una de las escopetas y, apuntándole, le dije: —Mirad, amigo: no es mi intención causaros daño alguno, siempre que permanezcáis sereno.

 Sabéis nadar lo bastante para llegar a tierra y, como el mar está tranquilo, aprovechaos de su calma para regresar y separarnos, así como buenos amigos. Pero en caso de que intentéis subir a bordo, os abriré la cabeza de un tiro, pues estoy resuelto a recobrar mi libertad. A estas palabras nada respondió, sino que dio la vuelta empezando a nadar hacia tierra. Siendo un nadador magnífico, estoy seguro de que llegó sin novedad a la costa.

 Después que Muley se hubo alejado, me volví al joven esclavo moro, llamado Xuri, y le dije: —Xuri, si prometes serme fiel, te trataré en la mejor forma; pero tendrás que jurarlo por Mahoma. En caso contrario te arrojaré también al mar. El muchacho me dirigió una sonrisa y me habló en forma tan inocente, que desvaneció toda desconfianza. Juróme fidelidad y seguirme a donde yo quisiera.

 Cuando el moro desapareció de mi vista y empezó a oscurecer, cambié el rumbo de la embarcación hacia el sudoeste, cuidando de no apartarme demasiado de tierra. Como tenía viento favorable, recorrí tanto que al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, cuando divisé tierra de lejos, calculé hallarme a ciento cincuenta millas al sur de Salé, muy distante ya de los dominios del emperador de Marruecos.

Durante cinco días seguí navegando a favor de aquel viento, sin divisar ningún barco de Salé. Al cabo de dicho tiempo cambió el viento y, temiendo que si venía algún barco en mi persecución no dejaría de darme caza, me aventuré a aproximarme a la costa y anclar en la embocadura de un río desconocido. Al anochecer entramos en la pequeña bahía, pues tenía el propósito de ir a nado a recorrer aquellos parajes en cuanto fuera noche cerrada para procurarnos agua fresca. Pero, en cuanto hubo oscurecido, oímos unos ruidos tan horribles, producidos seguramente por fieras desconocidas por nosotros, que el pobre muchacho me suplicó vivamente que no desembarcara hasta que fuera de día. A sus ruegos le dije:

 —Bien, Xuri; ahora no desembarcaré; pero de día corremos el riesgo de que nos vean hombres tan peligrosos como las mismas fieras. —En ese caso —me contestó riendo—, les pegaremos un tiro para que huyan. Me complació verlo tan animado y, para fortalecerlo más, le di una copita de licor.

Echamos el ancla con la intención de dormir, pero no había manera de hacerlo. Durante algunas horas vimos cómo se lanzaban al agua unos animales gigantescos, revolcándose y profiriendo alaridos horrísonos. No es posible dar una idea exacta de los espantosos rugidos y gritos que se elevaban desde la orilla. Esto me hizo ver que habíamos hecho muy bien en ser prudentes y no aventurarnos de noche por aquellos lugares.
De todos modos, nos veíamos obligados a desembarcar en algún sitio para abastecernos de agua dulce. Xuri me expresó que si lo dejaba ir a tierra con un jarro, él descubriría el lugar donde había agua y me la traería. Cuando le pregunté por qué quería ir él en vez de que lo hiciera yo, me respondió con el mayor cariño:

 —Porque si hay salvajes, me comerán a mí y vos os podréis salvar. —Iremos los dos, querido Xuri —le respondí—; y si encontramos salvajes, los mataremos y así ninguno de los dos les servirá de presa. Una vez que aproximamos la chalupa a tierra, saltamos ambos sin llevar otra cosa que nuestras armas y dos jarras. El muchacho descubrió un lugar algo más bajo que se internaba una milla en tierra. Se precipitó hacia dicho sitio, pero poco rato después lo vi volver corriendo.

Inmediatamente supuse que se había encontrado con algún salvaje o fiera peligrosa que lo perseguía y salí rápidamente a su encuentro. Cuando estuve bastante cerca de él vi que algo colgaba de su hombro: era un animal que había cazado, muy semejante a una liebre, aunque de otro color y con las patas más largas. Una vez que nos regalamos con la pieza y llenamos nuestras jarras, nos dispusimos a emprender de nuevo nuestra ruta.

Como yo no llevaba ninguno de los instrumentos indispensables para la navegación, no sabía exactamente en qué lugar me encontraba. De todos modos, pude juzgar que esa región estaba entre las tierras del emperador de Marruecos y la Nigricia. Alguna vez creí distinguir de día el Pico de Teide de la isla de Tenerife, habiendo intentado adentrarme en el mar para llegar a ella. Pero tanto los vientos en contrario como la misma mar, demasiado gruesa para mi frágil chalupa, me obligaron a retroceder hacia la costa.

 Un día, ya de madrugada, fuimos a fondear a un pequeño cabo, esperando que la marea que subía nos llevase más adelante. Xuri, que tenía la vista más aguda que yo, me dijo en voz baja que nos alejásemos de la orilla. —¿No veis —añadió— aquel terrible monstruo que duerme tendido al pie de la colina? Dirigí la mirada hacia el lugar que me señalaba, descubriendo en efecto un monstruoso animal: era un enorme león, echado sobre el declive de una altura. —Xuri —le dije entonces—, anda a tierra y mátalo. El muchacho pareció asustarse muchísimo, pues me contestó:

—¿Matarlo yo? ¡Si me tragaría de un bocado! De inmediato cargué las tres escopetas y, apuntándole detenidamente a la fiera, traté de hacer blanco en su cabeza. Pero, como se hallaba acostada de modo que con una pata se cubría el hocico, las balas le hirieron alrededor de la rodilla rompiéndole el hueso. Se incorporó rugiente, pero, sintiendo la pata rota, volvió a echarse. Nuevamente se levantó y empezó a rugir de un modo aún más horrible.

 Yo, algo sorprendido de no haberle dado en la cabeza, cogí la segunda escopeta y le disparé un segundo tiro, mientras la fiera iniciaba la huida. Esta vez tuve más suerte, ya que le di en el blanco propuesto, cayendo la fiera mortalmente herida. Esto animó a Xuri de tal modo que, una vez que le concedí el permiso que me había pedido, se lanzó al agua con una escopeta en un brazo y nadando con el otro hasta ganar la orilla. Se abalanzó sobre la fiera, rematándola con un tercer disparo hecho a boca de jarro en la oreja.

 Luego pensé que la piel de aquel león nos podría ser de alguna utilidad y resolví despellejarlo. En dicha labor Xuri fue mi maestro, pues yo no sabía cómo empezar. Esto nos llevó todo el día. Después tendimos la piel en el camarote, la que al cabo de dos días estuvo seca y la hice servir de colchón. Continuamos navegando siempre hacia el sur por espacio de diez días más, y pude observar que la costa estaba habitada. Eran negros y no llevaban vestidos.

 Como le manifestara a Xuri mis deseos de desembarcar, me advirtió prudentemente de los peligros que correríamos, haciéndome desistir. Con todo, bogué cerca de la costa para poderles hablar, mientras que ellos corrían a lo largo de la playa. Entonces pude observar que no llevaban armas, excepto uno de ellos que portaba un pequeño bastón. Xuri me explicó que se trataba de una lanza que los negros sabían arrojar muy lejos y con gran destreza, en vista de lo cual me detuve a una respetuosa distancia y les pedí por señas que nos dieran algo de comer.
 A su vez ellos me dieron a entender que irían a buscar provisiones, mientras nosotros arriábamos la vela. Dos de ellos corrieron tierra adentro para volver antes de media hora, trayendo dos trozos de carne seca y granos, que, aunque no sabíamos de qué especie eran, los aceptamos. Solamente faltaba saber con qué precauciones podríamos tomar aquellas provisiones, pues yo no tenía deseos de ir a tierra y los salvajes, por su parte, nos temían. Entonces adoptaron un medio tan conveniente para ellos como para nosotros: dejaron en la orilla lo que tenían que darnos y luego se retiraron hacia el interior; mientras tanto, nosotros fuimos por las provisiones y las trajimos a la chalupa, dejándoles a cambio una botella de licor, que luego ellos retiraron.

 Igual procedimiento seguimos para que nos renovaran el agua de nuestras jarras. Con aquellas provisiones icé nuevamente la vela y proseguimos navegando hacia el sur durante once días, sin aproximarnos a la costa. Entonces pude observar que el continente entraba bastante en el mar y tuve que dar un largo rodeo para contornearlo. Desde allí vi claramente otras tierras en el lado opuesto, cayendo en la cuenta de que por un lado tenía el Cabo Verde y por el otro las islas del mismo nombre. Estaba yo indeciso sobre hacia cuál de ambos extremos debía hacer rumbo, ya que si el viento arreciaba bien podía impedirme llegar a cualquiera de ellos.

EL RUISEÑOR Y LA ROSA (PRIMER CUENTO 7°)


-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una sola rosa roja en todo mi jardín.
Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.
-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.
Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.
-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.
-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.
-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.
-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.
-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.
Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.
-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.
-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.
-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.
-Llora por una rosa roja.
-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!
Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas.
Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.
De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.
Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.
En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el rosal meneó la cabeza.
-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.
-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el rosal meneó la cabeza.
-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.
Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.
-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.
Pero el arbusto meneó la cabeza.
-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.
-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?
-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.
-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.
-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.
-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?
Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.
El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.
-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.
El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.
Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.
-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!
Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina.
Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.
“El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Qué lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!”
Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.
Al poco rato se quedó dormido.
Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.
Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.
Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.
Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.
Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.
La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.
Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.
-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.
Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.
Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.
Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.
-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.
Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.
Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.
Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.
Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.
Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.
Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.
La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.
El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.
El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.
-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.
Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.
A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.
-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.
E inclinándose, la cogió.
Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.
La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.
-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.
Pero la joven frunció las cejas.
-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.
-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.
Y tiró la rosa al arroyo.
Un pesado carro la aplastó.
-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.
Y levantándose de su silla, se metió en su casa.
“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.”
Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

CRITERIOS DE EVALUACIÓN



  1. Cumplir con las normas del pacto de aula (ser puntual, no ingerir alimentos dentro del aula, escuchar activamente, tener aseado el espacio de trabajo, usar el uniforme acorde al manual de convivencia, entre otros).
  2. Participación activa y coherente de los temas abordados.
  3. Las actividades escritas estarán sujetas al cumplimiento de los aspectos formales de la escritura (letra legible, textos con división de párrafos, uso de normas ortográficas).
  4. Leer diferentes tipos de textos en voz alta con entonación correcta y tono fuerte.
  5. Las consultas se evaluarán a través de la socialización en clase o desarrollo de actividades, así que, se deben estudiar con anterioridad.
  6.  Las actividades serán entregadas en el espacio y el tiempo estipulado por el docente. No se aceptarán trabajos a destiempo, salvo que tenga excusa justificada y tendrá 7 días hábiles para entregar las actividades.
  7.  El cuaderno de apuntes debe estar organizado, pulcro y actualizado con todas las actividades de cada periodo. (se recomienda usar lapicero negro o azul oscuro para los contenidos y actividades).
  8.  En caso que se compruebe que en las actividades se haya cometido fraude los implicados obtendrán una nota baja (0.0)

ESTE AÑO NOS ESPERA CON MUCHOS RETOS.